Jueves, 30 Agosto 2018 09:00

Una Ola de Mierda | Por Carlos Serrano

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Durante los casi 13 meses que viví en Roma, además de llegar a odiarla (pocas veces, pero sí) y amarla (continuamente), llegué a acostumbrarme al mal olor de algunas de sus calles, y a la recurrente imagen de los contenedores de basura abarrotados, con detritus acumulados incluso desde hacía semanas. ¿Por qué? Los camiones de basura no dejaban de despertarme a las tres de la mañana con sus traqueteos, idas y venidas, así que basureros, haber, había. Pero la ciudad santa seguía más sucia que las sandalias de Pedro. Con el paso de los meses, encontré el agente “ensuciador” de esta bella ciudad: los turistas. ¿Era coincidencia que las calles adyacentes de los monumentos más emblemáticos (Panteón, Fontana de Trevi, Coliseo…) fuesen aquellas que más cantidad de basura soportaban? Y no hablo solo de contenedores colmados y acumulaciones en las esquinas, si no de aceras y acequias llenas de plástico, cuya procedencia era siempre “turística”: botellines, “flyers” de discotecas, cremas, mapas de la ciudad, cientos de miles de folletos, ropa, envoltorios de cualquier tipo de alimento… Era imposible que los romanos tiraran tal cantidad de basura por sí solos, puesto que no vive tanta cantidad de gente en el centro de Roma como para generarla. Los romanos viven en barrios lejos de la ciudad, donde también sufren un serio problema de limpieza que está íntimamente relacionado con la basura que acumulan los turistas. Como la mayoría de efectivos se destina al centro, para agradar al turista, la periferia sufre una carencia de limpiadores que agrava el problema; y como el negocio de las basuras es redondo, ayuntamiento y empresas de recogida, las famosas “subcontratas” andan siempre a la gresca. El resultado: todo el mundo, romanos incluidos, acepta que Roma es sucia, y que es mejor mirar hacia sus cúpulas, que a sus aceras. 

El turista es una figura sagrada para Roma, porque le da razón de ser, y por tanto, está protegido por cualquier autoridad. Los carabinieri acudirán a la carrera si una japonesa se desmaya, o si a un checo se le cae la cámara de fotos al Tíber.  La protección y vigilancia es continua: hay tanquetas en cada plaza principal, con sus correspondientes soldados armados. No vaya a ser que se diga que en Roma un turista no puede pasear seguro. Pero a ningún militar o policía le he visto multar a un turista que abandonase la plaza que vigilaba dejando la tarrina de helado adornando los escalones de una fuente del siglo XV.

Tan sucias como Roma, o más, me han parecido muchas de las playas del norte de España, que son las que visito regularmente. Quizás no en kilos de basura, pero sí en impacto. Una ciudad, al fin y al cabo, es algo artificial, y cuya suciedad se debe a sus habitantes. Una playa puede estar sucia si aquellos que la visitan (nadie vive en la playa) respetasen la sagrada ley del “déjalo tal y como lo encontraste para que otros puedan disfrutarlo como tu hiciste antes”. Pura empatía a todas luces inexistente entre nosotros, parece ser. Pero para eso, para sanar el error humano con leyes que indiquen el buen camino (esto en teoría, claro está), están los políticos, que, como en el caso de Roma, sólo quieren comerse el pastel del turismo de masas, sin considerar lo que lleva dentro. Los ayuntamientos presentan sus playas como monumentos, y los abren a cualquiera sin considerar el impacto que las visitas tienen sobre los mismos. Resulta muy fácil limpiar cada noche la Plaza Navona, pero no lo es tanto hacerlo en Mataleñas, por ejemplo. Y si una playa acaba sucia, y llena de plástico, pierde el atractivo que tienen para la mayoría de la gente como lugares donde estar en contacto con la Naturaleza. 

Al igual que en Roma, las autoridades españolas parecen más ocupadas en contentar al turista que viene a ver el monumento, la playa, que en cuidar el monumento en sí. No hay basuras, pero sí plataformas de madera y carteles explicativos. Hay operarios encargados de vigilar que la gente aparque bien, y que no haya peleas por los sitios, pero que no se doblarían a recoger una bolsa de patatas fritas ni por todo el oro del mundo. La policía se dedica a poner multas de tráfico a aquellos que pisen las líneas del parking, no vaya a ser que no pueda la gente venir a ver y bañarse en el “monumento”, en vez de multar a la familia que, después de una tarde de picnic, deja en él sus restos para las gaviotas. Los policías también resuelven estúpidas riñas como la sucedida hace poco en el Sardinero de Santander, cuando un turista, molesto por los efusivos cariños de una pareja de cincuentones en la toalla, llamó a la Policía para que detuviera a aquellos “pervertidos desvergonzados” que se “morreaban” delante de sus hijos. Allí que se presentó un furgón y tres agentes, que el asunto era serio.  Si el otro, en vez de besos, hubiera dejado allí tirada su lata de cerveza y su tarrina del Regma, no habría habido pelea. 

En el norte, cometemos un error si en algún momento nos creemos Roma. Nadie va a dejar de ir a ver el Coliseo porque sus alrededores estén llenos de mierda: esta debería colapsar las arcadas para que eso pasase. En cambio, en el Cantábrico, las playas son famosas por ser vírgenes, limpias y salvajes, y eso es lo que los visitantes buscan, porque es lo que les dicen nuestros políticos en la tele, y lo que era verdad hasta hace veinte años. Podríamos entrar ahora en la polémica pregunta de que si queremos turistas, que traen dinero y mierda, o no tenemos dinero y turistas, pero tampoco mierda. La respuesta ya nos la han dado nuestros dirigentes, que atraen a las masas en encendidos discursos proclamando el buen tiempo de nuestra región, pero que no ponen medidas para controlar a las mismas y su impacto. Lo importante es el aquí, y ahora, y no el futuro. Ya limpiarán las playas otros, cuando a mí ya no me importe que parezcan vertederos, y ya nadie se bañe en ellas porque en vez de algas, haya plástico. 

En Roma, los romanos se han resignado hace mucho tiempo. Ningún foráneo va una tarde a darse un paseo por la Piazza del Popolo, ni a escuchar misa a San Pedro: saben que deberán esquivar grupos de fotógrafos amateur y contemplar escenas surrealistas que la gente sólo realiza en lugares donde nadie les conoce, y por tanto, pierden la vergüenza al qué dirán. Y aquellos que sí pasean, antes han estado vendiendo imanes de neveras, sirviendo pizzas, o alquilando bicicletas. Similar a aquellos que, como yo, despotricamos del turista, pero luego les damos clase de surf. Pero la diferencia entre Roma y el norte es que aquí el problema aún no es endémico: el turismo de masas todavía no lo rige todo. En Roma sí, y por eso la odié a veces. En Cantabria, somos los propios habitantes quienes debemos dejar claro a visitantes y locales que respeten el monumento que admiran, pues nosotros lo hacemos durante todo el año. No quiero dejar de ir a la playa en verano, como los romanos hacen con la Fontana de Trevi el resto del año. Ayudaría que las escuelas organicen batidas y limpiezas, como algunas, no las suficientes, ya hacen. Que hoteles y restaurantes entreguen a cada cliente una bolsa de basura con la que puedan recoger su basura al terminar el día, al igual que les ruegan no ensuciar sus establecimientos. Que los particulares que alquilan casas rurales y apartamentos, después de enseñar las vistas desde el balcón, incluyan un: “tenéis basuras ahí, ahí y ahí”. Y si esto no sirve, que los policías multen a todo aquel que tire cualquier residuo. Ideas hay por doquier, siempre que lo que pretendamos sea un turismo sostenible y respetuoso. ¿Es eso posible? Quizás, si aquellos que se benefician del mismo no antepusiesen el dinero sobre todo lo demás. Quizás, si se interesaran por atraer a un turismo de calidad, y no de cantidad, si como parece, no podemos hacer frente a tanto visitante. Porque si no, seguiremos alimentando una ola de mierda que, tiempo al tiempo, la Naturaleza nos devolverá, como siempre hace. 

Carlos Serrano

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